viernes, 14 de marzo de 2014

God Fearing Country


Es difícil escribir sobre Estados Unidos. Para sus habitantes, el país es invisible. Para los extranjeros, un espejismo cuidadosamente diseñado desde Hollywood o la prosa de Paul Auster, da igual. A los que llegan como turistas, la verdad los elude con cientos de malls que ofrecen rebajas interminables, la Cenicienta de carne y huesos de cheerleader que baila en el escenario del Magic Kingdom, y el neón, la resaca y la promesa (sólo eso) de fiebre y felicidad en Las Vegas.
Incluso para los que creen poseer credenciales de viajero profesional, "lo estadounidense" sigue siendo más un interrogante que una certeza, sea en los bares a los que sólo van los locales (y en los que te sirven una cerveza efímeramente multicultural mientras todo lo demás es mutismo) o en los clubes  del Village, donde hasta los hipsters parecen diseñados para ojos extranjeros.
A los que vivimos un tiempo largo en el país, su realidad nos engulle de tal manera que es difícil de narrar. Alguna vez, en un tiempo de menos inventiva y mayor pretensión, pensé en escribir un libro de ensayos que diera cuenta de ese estado de observadora forzada. Se iba a llamar "The Reluctant Anthropologist". Abandoné pronto la idea: el memoir -  tan dependiente del yo y sus prolongaciones- se centraba inevitablemente en mi limitada experiencia, en esa mirada que los estadounidenses designan  tan bien como "alien" y que de poco me servía si de verdad quería narrar Pennsylvania o Texas desde dentro.
Alien, la palabra que designaba al extranjero en latín, en español quedó relegada a prefijo usado en el terreno de los extraterrestres o de los marxistas (alienación, sí, de eso también se aprende no sólo vendiendo la fuerza de trabajo sino simplemente tratando de ir al supermercado en otro idioma). En cambio, en un país que "compra a sus enemigos  y los atrae con prosperidad", como dice Daniel Alarcón, todos los extranjeros somos aliens o alienígenas seducidos. La clave, por supuesto, está en el adjetivo: no a todos nos seduce el sueño americano, muchos nos rendimos a su reverso.
Cuando abandoné el proyecto de ese libro fallido, me dediqué a coleccionar noticias de ese reverso: ni siquiera son ejemplos de fracasos o derrotas, son historias crecidas a la sombra de ese sueño que pone toda su fe en el individuo y su empeño y deja a la sociedad de brazos cruzados o señalando con el índice. Hay mucha fe, una increíble, triste y pegajosa fe en esa idea del éxito individual. Es que antes que nada, Estados Unidos es un país de creyentes. No es casual que muchas de las noticias que me llamaban la atención tuvieran que ver con esa ingenuidad u optimismo que mueve a la sociedad entera pero también con los cultos extraños, sectas y religiones que han prosperado en esas latitudes.
Una de las primeras cosas que nota el viajero que llega a El Paso, Texas es la montaña que la custodia desde Ciudad Juárez. En letras cavadas en su ladera y rellenas con cal, dice: "La Biblia es la verdad: Léela". La frase puede verse desde los lugares neurálgicos de El Paso (de hecho es más visible allí que desde Juárez). Una leyenda local sostiene que el pastor que llevó a cabo la empresa - y la mantiene periódicamente cuando las letras empiezan a despintarse- es un gringo, no un mexicano (que la frase esté en español no avala demasiado esta hipótesis).
Después de vivir unos meses en la ciudad empecé a notar otras inflexiones divinas en el paisaje urbano. Además de las innumerables jardines adornados con carteles de "We pray for our troops!, en la autopista que abandona la ciudad por el oeste, siempre me sorprendía un letrero rojo, descomunal en el que Dios preguntaba: "Would you like to have yourself as a friend?". Ninguna iglesia se asignaba la inquisición. La cerraba un 0800.
Uno de mis pasatiempos favoritos -otro era ir a discos gay, las únicas que no cerraban a las diez- era caminar hasta la pileta de la universidad pasando por la puerta de la iglesia del barrio. Era una construcción blanca y modesta, casi una granja de Walnut Grove. Su único atractivo eran las frases que el pastor cambiaba semanalmente en la pancarta de la entrada. Me hice el hábito de anotarlas: si a las metáforas fáciles se le suma el tono de libro de autoayuda se obtiene un Dios Paulo Coelho con bastante chispa. Un Dios que combina bien con esa pátina de desprecio y cortesía que regla cualquier intercambio humano en esta comunidad (un cóctel potencialmente explosivo, como muestran penosamente los "episodios con armas" a los que las noticias de ese país nos tienen acostumbrados).
Copio dos de mis frases dominicales favoritas (por su aparente inocencia y porque desafían el arte de la traducción): Worries are the darkroom where negatives are developed (¿Las preocupaciones son el cuarto oscuro donde se desarrollan pensamientos negativos? Seguro. Seamos americanamente optimistas: si llegamos a la luna, bien podemos despreocuparnos de haber arruinado el planeta. It's gonna be ok, baby).
Sandwich your criticism among two layers of praising (¿Debes emparedar tus críticas con dos rebanadas de elogios?). Of course. Ésta debería haberla aprendido mejor, me hubiera evitado más de un dolor de cabeza durante mis aventuras como profesora en una academia que te penaliza por entregarle un parcial a un alumno delante de otros (nada de humillar públicamente a alguien que entregó la hoja en blanco, a ver si se traumatiza de por vida) o simplemente por emitir opiniones en el aula. Se sabe: ni de religión ni de política se habla en las reuniones sociales ni en las Casas de Altos Estudios. Mucho menos de adolescentes que se alcoholizan hasta el coma, desconocen los métodos más básicos de protección sexual y no saben (literalmente) donde quedan las pirámides de Egipto.
Con la mirada más entrenada, me fue fácil pasar de las admoniciones religiosas a los titulares de prensa. El optimismo, la fe o la ingenuidad estadounidenses estaban allí de las maneras menos misteriosas:
Marion County, Florida: "Una mujer de 92 años le dispara a la casa de su vecino porque él le habría negado un beso". Dwight, de 52,  declaró que la anciana le tocaba el timbre para charlar y le llevaba comida. Helen sólo declaró que en realidad no quería darle a la casa, sino al coche de Dwight, ya que parecía ser su objeto más preciado.  ¿Es culpa de ella haber confundido cortesía con amor? No, el problema es que tuviera una semiautomática en la casa.
Providence, Rhode Island: "Un gato predice 50 muertes en un asilo de ancianos". El fenómeno, documentado durante cinco años por el médico director del geriátrico y profesor en la prestigiosa Universidad de Brown, consistía en que el gato se subía a la cama de la víctima designada horas antes de su deceso. Sólo en un país como Estados Unidos un caso como ése llega a transformarse en un artículo "científico". Si recordamos que en algunos estados (en Kansas, por ejemplo) no se enseña a Darwin en las escuelas, no resulta tan sorprendente.
Fort Collins, Colorado: Una joven pareja llama a la policía para denunciar que su hijo de seis años ha desaparecido en un globo aerostático de fabricación casera. Después de casi 24hs de pánico transmitido en directo por TV, el matrimonio confiesa que el niño está escondido en el sótano de la casa y que idearon la farsa para posicionarse mejor como candidatos a un famoso reality. Lo mejor de esta noticia fue la declaración del niño. Un periodista le preguntó porqué había accedido a esconderse. "You guys said that we did this for the show", dijo mirando desconcertado a sus padres.
Durante años guardé éstas y otras noticias (que, no casualmente ocurrieron en ciudades pequeñas) con la esperanza de que se convirtieran en relatos sobre mi "experiencia americana". La lista podría seguir hasta llegar a los extremos fundamentalistas de la Iglesia Pentecostal, que incluye ceremonias con serpientes y cócteles de jugo de naranja con estricnina destinados a probar que los feligreses que no mueren en el acto están habitados por el Espíritu.
En la práctica sólo una de estas historias se transformó en un cuento. Escribirlo sin recurrir a la mirada extranjera (como sí lo he hecho en este artículo) resultó bastante difícil. Por lo demás, alguien transformó la noticia del gato en un exitoso libro de autoayuda para lidiar con la muerte de seres queridos. La noticia del globo recuerda a otra farsa, esta vez literaria: una serie de artículos publicados por Edgar Allan Poe en The Sun como reportes sobre un (falso) globo aerostático tripulado que había cruzado el Atlántico. Y la de la anciana, como tantas historias de ridícula soledad, espera todavía en el disco de mi computadora.
Quizás no esté de más recordar que el país en el que suceden estas historias modestamente extraordinarias es también el de Henry James, el de Gertrude Stein, Francis Ford Coppola, Andy Warhol y la Velvet Underground. Y que a esta altura del siglo, nos guste o no, la cultura estadounidense es también la nuestra. I say,let's go for it.


 * Publicado originalmente en La mujer de mi vida, Octubre de 2013

martes, 12 de noviembre de 2013

No, no soy lo suficientemente "visceral"


Alguna vez hace ya tiempo, en un alarde de ingenuidad (o de temeridad, que es lo mismo), le conté al maestro Élmer Mendoza que un diario argentino me había pedido una crónica sobre la frontera Juárez-El Paso. Élmer estaba de visita en Pittsburgh para dar la conferencia magistral de un congreso sobre narcoliteratura, acababan de presentármelo y se me ocurrió pedirle una opinión sobre cómo escribir ese texto por encargo sin transitar por los lugares en los que ya se habían empantanado otros: muertas, drogas, inmigrantes y coyotes, común miseria de los cronistas fronterizos.
Élmer me miró fijo desde el otro lado de la mesa. Dejó caer sobre nosotros una pausa que equivalió a un regalo, a años de complicidad que no teníamos y, finalmente, dijo:
-No diariemos, Betina, por favor.
Cuánta razón tenía. Pero yo ya me había comprometido con la editora de la sección y una escritora tiene pocas cosas más valiosas que su palabra. Así que escribí esa crónica con el foco en una clínica maternal de El Paso que atendía a mujeres sin seguro de salud. Trabajé en el proyecto casi un mes y medio haciendo entrevistas, releyendo artículos de diarios, visitando lugares, escribiendo, borrando y volviendo a empezar. El resultado fue apenas digno. Nada extraordinario ni de que enorgullecerme. La crónica salió publicada muchos meses después de que la entregara, en una sección del diario que nada tenía que ver con lo pautado y con un título diferente al que yo había propuesto. Quizás no esté de más decir que cobré mis honorarios tres años después y sólo gracias al tesón de la editora, una escritora increíble.
En varias oportunidades durante ese largo proceso pensé en el consejo de Élmer. "No diariemos" para él significaba que hay cosas que sólo la ficción puede narrar con justicia. También, que el trabajo medido en cantidad de caracteres, temas taquilleros, actualidad y trapitos al sol, tarde o temprano va asfixiando ese centro rabioso en la psiquis de cada escritor que es su única arma.
Pero también es cierto que escribir para los medios me ha dado muchas satisfacciones, sobre todo cuando una se encuentra con editores sensibles y dedicados con pasión a su trabajo, no importa cuáles sean las limitaciones que el medio azaroso en el que lo ejercen les impongan. Los casos son muchos y va para ellos todo mi agradecimiento.
Lamentablemente, hay excepciones. Hace poco, en un evento literario, se me acercó un señor de copa en mano que celebró breve y vagamente mis libros y me pidió una colaboración para su sección, otra vez en un diario de circulación masiva. La propuesta era una crónica "desde el yo". Dije que sí. Es cierto que no lo pensé mucho (yo también tenía una copa en la mano). Pero también es verdad que creo que incluso la propuesta más lejana a tus intereses puede ser válida si lográs jugarla a favor de tu escritura. Esta vez, el desafío fue hallar un tema lo suficientemente personal como para encajar en el género sin caer en el tabloide, peligro que el intercambio de mails con el editor debería haberme anticipado (sí, debí sospechar cuando a mi propuesta de escribir sobre mi ex pareja, paramédico y rescatista en Texas, me sugirió titular la nota "yo escritora, él bombero", casi una de Porcel).
Pero me gustó el desafío y decidí intentarlo, sobre todo porque, como sabe cualquiera que haya leído este blog, lo autobiográfico me cuesta, nunca es punto de partida para mi escritura. Sin embargo, escribí la columna con placer, reviviendo escenas que creía perdidas en mi memoria, concentrándome en el contraste de profesiones entre mi ex y yo, narrando los desencuentros irónicos entre el oficio de escribir, enseñar y leer y el de sacar gente de debajo de escombros, hacer respiración boca a boca y traer bebés al mundo.
La opinión del editor fue que el texto estaba "bellamente escrito" pero que no era todo lo visceral y confesional que su sección necesitaba. Él quería saber más (¿qué me había atraído de mi ex? ¿por qué nos habíamos separado? ¿qué era lo más profundo entre nosotros?). Me pregunté si a los lectores del diario les importarían esas cosas, si de verdad leían esa sección con sus vísceras y si sería cierto que necesitaban saber todos esos detalles sobre la vida de una mujer llamada Betina González. Decidí que no. Que lo que puede aportar mi mirada y mi escritura es otra cosa y que los lectores de ése o de cualquier otro diario son lo suficientemente inteligentes como para reconocerlo.
De más está decir que el editor y yo no pudimos ponernos de acuerdo, que la crónica sigue siendo un documento inédito en mi computadora y que escribirla fue una forma de cerrar una etapa (la escritura siempre es ganancia).
Después del episodio, me volví a acordar del consejo de  Élmer. Siendo autor de policiales, no es imposible que además de todo lo que implica la frase "No diariemos", Élmer me estuviera advirtiendo algo más simple: que muchas veces el periodismo, igual que el crimen, sencillamente no paga.

martes, 15 de octubre de 2013

Un solo hombre*


Al tercer día, un niño golpeó a mi puerta. Tendría unos ocho años. Era negro. Vestía un traje marrón y una camisa blanca. Los botones del saco eran dorados y las mangas le ocultaban las manos, que había dejado colgando en línea con sus piernas, como si se estuviera preparando para marchar en un desfile.
- ¿Usted cree que un solo hombre  puede cambiar el mundo?
Miré hacia la calle de enfrente esperando descubrir al grupo de adultos que supervisaría su operación de salvataje de almas. Nadie.
- Un solo hombre. Uno solo- insistió levantando un índice que el frío de la mañana había vuelto morado.
Consideré la nieve acumulada durante esos días en los que ni siquiera había podido salir de la cama, el viento, los autos con los vidrios congelados, el olor a pan tostado que subía desde el café de la esquina. Consideré los hombres que iban a alguna parte a esa hora de la mañana, los cientos de platos de cereal que se estarían sirviendo en ese mismo instante, las parejas que todavía se abrazarían en sus camas.
- Depende- arriesgué.
El niño me miró. Quiero decir que sus pupilas se dilataron un poco, porque en realidad no había dejado de mirarme desde que yo abriera la puerta. Parecía haber recibido cuidadosas instrucciones sobre eso (la mirada es lo esencial, le habrían dicho). Aunque lo hacía con naturalidad. Sí, en realidad  no había nada más natural que sus ojos fijos en los míos y no en mi suéter manchado de café, en la pila de vasos sobre la mesa a mis espaldas, en el buzón que rebalsaba de números de Science Today o en la mugre con la que las uñas de mis pies elegían enfrentar a la mañana.
- ¿Depende de qué?
Sus manos habían vuelto a la posición inicial. ¿Por qué seguía pensando en un soldado al verlo? Era obvio que le temblaban los dientes por el frío, que se moría por meter las manos en el bolsillo, que el aire pasaba incómodo por su garganta, amarrada con un corbatín demasiado ajustado y de tela barata también color castaño. Debo reconocer que el conjunto producía el efecto buscado. No hay nada más deprimente que un traje marrón. (Marrón inspira confianza, le habrían dicho. Marrón es el color de los que se esfuerzan).
- Del hombre- dije- Depende del hombre. Se puede decir que Hitler cambió al mundo, ¿no? También Flemming, a su modo.
Flemming era mi pequeña revancha, mi ajuste de cuentas con ella y (porqué no) con la biología (“Dios sabe qué vas a hacer de ahora en más con tu vida, pero ojalá que hagas algo, algo de verdad”, había dicho ella antes del portazo final). El niño parpadeó dos veces, como quien acaba de recibir un coscorrón. Vi cómo su cerebro trataba de procesar la respuesta. Entorné un poco más la puerta a mis espaldas, saboreando la victoria.
- ¿Está tratando de decir que Hitler es una especie de héroe?
- No. Estoy tratando de decirte que no tengo dinero y que si lo tuviera no se lo daría a tu iglesia.
- No quiero dinero. ¿Parece que quiero dinero?-
- Todos queremos dinero-(lamenté en seguida la facilidad el lugar común, pero también la disfruté:
algo, como un ácido o un hallazgo acabó de liberarse en el fondo de mi estómago).
- Yo solamente quiero una respuesta.
- Ya te di una respuesta.
- Me refiero a una de verdad. A una respuesta honesta.
La puerta de la casa de enfrente se abrió y expelió un viejo todavía en pijamas, con un sobretodo azul y botas de goma hasta las rodillas.  Llevaba una pala de metal con la que empezó a quitar la nieve de su vereda. Así que eso es lo que hace la gente con la nieve, pensé, siguiendo los movimientos de la pala, su golpeteo triunfal sobre el cemento. No recordaba haber visto antes al hombre.Tampoco la verja amarilla que rodeaba a su casa, los conejos de piedra en el jardín o al cartel que, unos metros más abajo, anunciaba un negocio de plomería.
El niño se balanceó un poco, o  más bien cambió el peso de su cuerpo de una pierna a la otra. Pensé que iba a darse por vencido. O que al menos iba a meter las manos en los bolsillos. Pero no, ya estaba totalmente repuesto. Enderezó la espalda y tomó aire inflando exageradamente el pecho, de modo que, cuando finalmente habló, su voz brotó redoblada, con una fuerza casi coral. (La voz es lo más importante, le habrían dicho; debe ser firme pero suave a la vez; insistente sin ser invasiva. Sobre todo insistente. Como la de un pájaro sobre un árbol desnudo).
- ¿Cree que un solo hombre puede cambiar al mundo sí o no?
Ahora el viejo había dejado de palear y nos miraba. Consideré los hombres que ya estarían sentados frente a sus escritorios, los cientos de platos sucios que se estarían lavando en ese mismo instante, las miles de parejas que (oh, sí, estaba seguro) todavía se abrazaban en sus camas. Consideré todo esto. Y el invierno. Incluso la gente que limpia su vereda a primera hora de la mañana. Después, me di media vuelta, entré a la casa y cerré la puerta a mis espaldas.

(*) Cuento publicado por primera vez en Iowa Literaria en abril de 2013

sábado, 7 de septiembre de 2013

El amor se lleva mal con la memoria

Motivada por una crónica por encargo sobre los sustratos neurológicos de la memoria, una reflexión que va por cualquier otro lado y que contradice casi todo lo que pienso y escribo sobre lo autobiográfico:


"Todo esto quedará en mi memoria, en un terreno salvajemente sagrado y mío", dictaminó una vez la adolescente cursi, enamorada con una saña que incluía, claro, a la escritura. Pero no era cierto. Lo cierto es que la memoria guarda lo que le conviene. Lo que es vital para que ésta (quizás menos cursi y seguramente menos enamorada, sobreviva). Y el amor no es vital. No lo es tanto como la necesidad de cuidarte de mujeres extrañas que pasan por analfabetas y te piden ayuda en la calle para intentar que las lleves a tu casa y drogarte y robarte (aprendido en la estación de San Martín en algún año de la década del 90). No lo es tanto como entender que no podés cruzar una ruta igual que se cruza una calle (aprendido a los ocho años, cuando tus padres te bajan del auto camino a Pilar, te bajan en la banquina y en un día gris, hartos de tus gritos o simplemente porque sos la que siempre les contesta, y hay tantos coches y ellos tardan tanto en volver, que podés contar decenas de veces cuántos pilares tiene ese puente lejano, hasta que entendés que la posibilidad de que ya nadie nunca venga corresponde a aquello que la gente llama "lo real"). No. El amor no es tan importante como saber sonreír y mentir ante el oficial de migraciones de los EE. UU., y seguramente es infinitamente menos vital que la habilidad de disuadir al hombre que, indeciso entre violador y mendigo, acerca a tu oído esa palabra en medio de la noche mientras esperás el colectivo.
No. El amor no es tan importante como todas esas cosas que te han mantenido viva durante cuarenta años.
Pero darías todos esos aprendizajes que te han hecho este corazón y no otro, a cambio de poder volver a sentir exactamente eso que estabas tan segura de haber guardado y que las sinapsis, las proteínas y las neuronas, acabaron, sin embargo, traicionando. 

martes, 6 de agosto de 2013

Por qué leer y releer "cuentos para niños": sobre Sredni Vashtar de Saki

No sé cuándo leí por primera vez este cuento. Tal vez hacia el comienzo de mi adolescencia. Sé que lo releí hace poco y fue recordar no esa lectura sino una fe que ahora me parece vieja (la de la chica que, subida al tronco de un álamo, hacía retroceder al mundo de esa familia ruidosa y singular en la que se consideraba prisionera). Sí, yo fui Conradín, aunque tuve otros nombres para mis dioses. Fui como él en la rabia contenida, en los planes sordos, en la esperanza de que el universo tuviera una balanza secreta donde los justos al fin prevalecerían. Pero sobre todo, fui él en la fe con la que me trepaba a cualquier historia, sintiendo que las páginas me daban super poderes y una temprana voluptuosidad que sólo puedo llamar “del alma”. Cualquier nombre cabía en esa voluptuosidad: Saki, Verne, Borges, Corín Tellado.
Nadie como Saki para dejarnos con la palabra en la boca. Se podría escribir mucho sobre su humor (no “negro” sino incómodo: un cuerpo extraño), sobre su sencillez y, especialmente, sobre esta gallina anabaptista y este hurón, cifra perfecta de la divinidad. Hoy me quedo con la restitución del equilibrio que ocurre magistralmente en el final de esta historia (acaso la justicia sea el único lugar que siempre ha ocupado la literatura). Es por eso, por cuentos como éste, que vuelven a mostrarnos el vínculo entre magia, verdad y palabra (un vínculo que sólo los niños entienden en toda su dimensión), que escribo.