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domingo, 7 de junio de 2015

Diez consejos para jóvenes novelistas

1.Escribí sin miedo. Por más que te abrumen la cantidad de volúmenes en tu biblioteca, la crítica especializada, los reseñistas, los lectores,  las sentencias de los que te advierten que ya todo fue escrito, escribí con valentía, como si acabaras de inventar la palabra misma. (De paso: no es verdad que ya todo fue escrito, esa máxima borgeana sólo se vuelve cierta si reducís la literatura a sus temas,  a una pobre ecuación para conferencistas. Los únicos felices con esa verdad son los profesores de semiótica).

2.Escribí como si todo eso (los libros, los críticos, los reseñistas, los lectores, sobre todo los profesores de semiótica) no existiera. No hay nada peor que un escritor temeroso: está condenado a fracasar en su intento de complacer a todos, sobre todo a un supuesto editor que compraría su obra. No hay tal editor. Entonces, con más razón, "manos a la obra", que es lo único que hay.

3.Escribí sin esperanza de publicar. O, lo que es lo mismo, por "el goce absurdo" (como diría Clarice Lispector). Convencete de que nada más estás probando. De que sólo escribís para ver si en ese combate entre vos y la materia del lenguaje podés salir, aunque sea, airosa. O, porqué no, salir habiendo arrancado a esa materia algo vivo, palpable y solamente tuyo. Eso ya es mucho. Eso ya es todo. (Como los zapatos de Van Gogh).

4.Desde el Quijote hasta hoy, la novela es la forma literaria que equivale a la libertad total. Sobre todo cuando todavía no ha pasado de ser un impulso, una fuerza, una toma de posición que te obliga a escribir. Hay que ser valiente y ambiciosa en ese momento, el de las ideas ("porque no soy del tamaño de mi estatura, sino del de lo que veo", diría Pessoa). Todo vale en la novela. Aprovechate de esa verdad  aunque después te des cuenta de que no es tal.

5. No le cuentes a nadie tu idea. Si es necesario, encerrate. No veas a tus amigos,  ni a tu familia ni a tu pareja. No vayas al psicoanalista, y ni se te ocurra asistir a un taller literario.  Mientras tu novela es una serie de imágenes inconexas, brillantes y vagas (y por eso perfectas) en tu inconsciente, corre el riesgo de morir en cualquier momento. No la trivialices en una conversación. Protegela. Sobre todo de vos misma.

6. La libertad total también puede ser paralizante. ¿Entonces, por dónde empezar a escribir una novela? Por más que te parezca demasiado modesto, el mejor punto de partida siempre es la historia. Cuando más clara tengas la tuya, más posibilidades hay de que lo que escribas termine siendo realmente una novela. Desde El Quijote hasta hoy, toda novela cuenta una historia, por pequeña, fantástica, realista o metadiscursiva que sea. Si no tenés una historia para contar y todavía sentís la necesidad de escribir, dedicate al periodismo o a la crítica, que son mejores opciones para quienes no tienen la ambición de narrar, una de las artes más difíciles que existen. Lo demás es prestidigitación. Y hasta los monos pueden hacer malabarismos.

7. En la ficción, siempre, "algo le pasa a alguien". En muchos decálogos se lee que el cuento es pura trama mientras que la novela privilegia al personaje. Sin duda, una puede encontrar ejemplos de eso. Pero también de lo contrario. Creo que en el cuento, tanto como en la novela la historia que se cuenta sólo puede ocurrirle a ése personaje en particular y no a otro porque son sus reacciones y decisiones frente a los acontecimientos los que vale la pena narrar (y leer). Nada le pasa al "hombre común" o a un "génerico" de la humanidad. Ni siquiera en el espacio reducido del cuento (me refiero acá, claro, al cuento y la novela realistas). Hecha esa salvedad, la historia y el personaje tienen que estar en equilibrio en la novela: hay que tener cuidado de conocer bien a tus personajes al punto de no confundir sus decisiones y reflexiones con los tuyos.  (Más sobre esto: leé los textos de Flannery O' Connor o Edith Wharton sobre el arte de narrar).

8. Usá las palabras más comunes posibles: Cuando en un texto una palabra cotidiana está bien usada, brilla. Cuando te empeñás en poner palabras raras, caés en el cliché lamentable de creer que la erudición o lo rebuscado equivale a literatura. El desafío es lo opuesto: lograr que las palabras de todos los días,  ésas en las que rebajamos a la lengua a mero "medio de comunicación", se transformen en otra cosa.

9. Contra la eficacia y la solvencia. Son las dos trampas del marketing contemporáneo. Detrás de éstas acechan otras, como la idea de que cuanto "más despojada" la escritura es "mejor", o de que "hay que escribir sin adjetivos" (como ya dije en otra entrada, adjetivar es arriesgar, y si la literatura no es riesgo, no es nada). Cuidado con aplicar esa receta de despojamiento o podés terminar escribiendo como Julio Verne ("¡Qué estilo!" - parece que opinó Apollinaire del inventor de aventuras- "sólo sustantivos"). Más allá del chiste, hay reseñas en las que se dice que "tal escritor escribe bien", "es eficaz" o "solvente". Esos calificativos son claramente insultos. Y ni siquiera muy solapados.  "¡Solvente! -protestó Vivian Abenshushan en una entrevista que le hice-, ¿desde cuándo el lenguaje contable se volvió parte de nuestra forma de hablar de literatura". Y tiene razón. En el mejor de los casos, esos calificativos contables son formas de decir que el escritor en cuestión no escribió una buena novela sino una apenas decente o, peor aún, eficaz (y, por ello, olvidable). Mejor escribir mal que escribir "eficientemente".

10. Escribir es entrar en una conversación: Es frecuente oír el consejo de que sólo hay que leer a los clásicos. Como asumo que ya los habrás leído, digo lo contrario: leé a tus contemporáneos, sobre todo a los de tu propio país y a todos los que escriben en tu lengua. No te engañes pensando que es un "acto de generosidad" (vos, que estás tan de vuelta que sólo leés europeos del Este).  Leerlos significa que vos también apostás a tener lectores. Lectores tan maravillosos como vos misma. Lo contrario sería no sólo ser hipócrita y ridícula, sino simplemente rechazar la oportunidad de participar en la conversación que más te incumbe: la que habla de vos, de tu tiempo, de tu lugar, y de tu sensibilidad. ¿Acaso hay mayor felicidad que la de ser dicha por otros? Cuando eso ocurre, ya es mucho. Cuando eso ocurre, es, en realidad, todo.

domingo, 31 de mayo de 2015

Un solo hombre *

Al tercer día, un niño golpeó a mi puerta. Tendría unos ocho años. Era negro. Vestía un traje marrón y una camisa blanca. Los botones del saco eran dorados y las mangas le ocultaban las manos, que había dejado colgando en línea con sus piernas, como si se estuviera preparando para marchar en un desfile.
–¿Usted cree que un solo hombre puede cambiar el mundo?
Miré hacia la calle de enfrente esperando descubrir al grupo de adultos que supervisaría su operación de salvataje de almas. Nadie.
–Un solo hombre. Uno solo –insistió levantando un índice que el frío de la mañana había vuelto morado.
Consideré la nieve acumulada durante esos días en los que ni siquiera había podido salir de la cama, el viento, los autos con los vidrios congelados, el olor a pan tostado que subía desde el café de la esquina. Consideré los hombres que iban a alguna parte a esa hora de la mañana, los cientos de platos de cereal que se estarían sirviendo en ese mismo instante, las parejas que todavía se abrazarían en sus camas.
–Depende –arriesgué.
El niño me miró. Quiero decir que sus pupilas se dilataron un poco, porque en realidad no había dejado de mirarme desde que yo abriera la puerta. Parecía haber recibido cuidadosas instrucciones sobre eso (la mirada es lo esencial, le habrían dicho). Aunque lo hacía con naturalidad. Sí, en realidad no había nada más natural que sus ojos fijos en los míos y no en mi suéter manchado de café, en la pila de vasos sobre la mesa a mis espaldas, en el buzón que rebalsaba de números de Science Today o en la mugre con la que las uñas de mis pies elegían enfrentar a la mañana.
–¿Depende de qué?
Sus manos habían vuelto a la posición inicial. ¿Por qué seguía pensando en un soldado al verlo? Era obvio que le temblaban los dientes por el frío, que se moría por meter las manos en el bolsillo, que el aire pasaba incómodo por su garganta, amarrada con un corbatín demasiado ajustado y de tela barata también color castaño. Debo reconocer que el conjunto producía el efecto buscado. No hay nada más deprimente que un traje marrón. (Marrón inspira confianza, le habrían dicho. Marrón es el color de los que se esfuerzan).
–Del hombre –dije–. Depende del hombre. Se puede decir que Hitler cambió al mundo, ¿no? También Flemming, a su modo.
Flemming era mi pequeña revancha, mi ajuste de cuentas con ella y (porqué no) con la biología (“Dios sabe qué vas a hacer de ahora en más con tu vida, pero ojalá que hagas algo, algo de verdad”, había dicho ella antes del portazo final). El niño parpadeó dos veces, como quien acaba de recibir un coscorrón. Vi cómo su cerebro trataba de procesar la respuesta. Entorné un poco más la puerta a mis espaldas, saboreando la victoria.
–¿Está tratando de decir que Hitler es una especie de héroe?
–No. Estoy tratando de decirte que no tengo dinero y que si lo tuviera no se lo daría a tu iglesia.
–No quiero dinero. ¿Parece que quiero dinero?-
–Todos queremos dinero –lamenté en seguida la facilidad el lugar común, pero también la disfruté: algo, como un ácido o un hallazgo acabó de liberarse en el fondo de mi estómago.
–Yo solamente quiero una respuesta.
–Ya te di una respuesta.
–Me refiero a una de verdad. A una respuesta honesta.
La puerta de la casa de enfrente se abrió y expelió un viejo todavía en pijamas, con un sobretodo azul y botas de goma hasta las rodillas. Llevaba una pala de metal con la que empezó a quitar la nieve de su vereda. De modo que eso es lo que hace la gente con la nieve, pensé, siguiendo los movimientos de la pala, su golpeteo triunfal sobre el cemento. No recordaba haber visto antes al hombre.Tampoco a la verja amarilla que rodeaba a su casa, a los conejos de piedra en el jardín o al cartel que unos metros más abajo, anunciaba un negocio de plomería.
El niño se balanceó un poco, o más bien cambió el peso de su cuerpo de una pierna a la otra. Pensé que iba a darse por vencido. O que al menos iba a meter las manos en los bolsillos. Pero no, ya estaba totalmente repuesto. Enderezó la espalda y tomó aire inflando exageradamente el pecho, de modo que, cuando finalmente habló, su voz brotó redoblada, con una fuerza casi coral. (La voz es lo más importante, le habrían dicho; debe ser firme pero suave a la vez; insistente sin ser invasiva. Sobre todo insistente. Como la de un pájaro sobre un árbol desnudo).
–¿Cree que un solo hombre puede cambiar al mundo, sí o no?
Ahora el viejo había dejado de palear y nos miraba. Consideré los hombres que ya estarían sentados frente a sus escritorios, los cientos de platos sucios que se estarían lavando en ese mismo instante, las miles de parejas que (oh, sí, estaba seguro) todavía se abrazaban en sus camas. Consideré todo esto. Y el invierno. Incluso la gente que limpia su vereda a primera hora de la mañana. Después, me di media vuelta, entré a la casa y cerré la puerta a mis espaldas.

(*) publicado originalmente en Iowa Literaria, abril de 2013; hoy es parte de mi último libro, una colección de cuentos que estoy terminando en estos días

martes, 19 de agosto de 2014

Escribir a pesar del "éxito" *

Podría decir que mi "carrera" como escritora empezó con el Premio Clarín. Pero no sería cierto. Empezó un día cualquiera de mi infancia. Tenía ocho años y hacía poco que había empezado a escribir poemas imitando los que me daban en la escuela. Era un juego, el de la voluptuosidad de las palabras y sus combinaciones. El día en cuestión había sufrido una humillación a manos de alguna maestra, compañera, familiar o amigo (crecí en un ambiente en el que los libros, la inteligencia y la habilidad para crear rimas equivalían a un puñado de polvo). Ya no recuerdo el episodio concreto. Pero sí que me encerré en el baño con los dientes apretados y decidí que algún día publicaría un libro y ese puñado de polvo se convertiría en oro.
Durante veintidós años escribí a escondidas, sin esperanzas y para esa nena. Es que ya entonces percibía la desmesura de mi ambición. Una desmesura que se fue clarificando con el paso del tiempo: vivía en una casa más del Gran Buenos Aires, tenía el apellido más común de la lengua española, trabajaba mil horas en lugares que detestaba y mi vida no transcurría entre fiestas y tertulias literarias.  Era obvio que nadie nunca iba a presentarme a un escritor o a un editor de carne y hueso. Mejor que trabajara realmente en mi escritura porque era lo único que tenía. Y eso hice.
A los treinta y cuatro años y gracias a la Universidad de Texas en El Paso, me encontré con dos libros terminados con los que no sabía que hacer. Una amiga me contó que su prima era escritora, que había publicado algunos libros y que quizás podía ayudarme. Resultó que se trataba de Paola Kaufmann.  Yo había leído La hermana y me había gustado. Después de mucho dudar (¡Paola acababa de ganase el Premio Planeta!), vencí el pudor y le escribí. Puedo reproducir exactamente lo que me contestó porque guardé para siempre ese correo (Paola murió unos meses después, apenas unas semanas antes de que yo ganara el Clarín; ni siquiera llegué a agradecerle personalmente su generosidad). Entonces me dijo algo que sólo sabemos los que ya hemos publicado: "La verdad es que las editoriales acá, salvo quizás honrosas excepciones de editoriales chicas, no reciben manuscritos, o los reciben pero no los leen. El modo de que te lean (no necesariamente que ganes nada) es mandar a algún concurso piola, grande, con buenos jurados ". Ése era el camino que había seguido Paola (bióloga de día, escritora de noche) y quizás el único disponible para aquellos que sienten que, en la batalla por la publicación, no tienen más armas que su escritura y el esfuerzo cotidiano en ella. El consejo me sigue pareciendo válido.
Elegí el Clarín porque era el concurso que se ajustaba a la extensión de Arte menor y porque la convocatoria de otros para ese año ya habían cerrado. Como el otro libro que tenía terminado era una colección de cuentos y hay muy pocas opciones para ese género, lo mandé al del Fondo Nacional de las Artes. Eso ocurrió en abril o mayo de 2006.  Hice los paquetes, fui hasta el correo, los envié y me olvidé de todo el asunto. Mi vida iba por otro lado: acababa de mudarme a Pittsburgh, donde iba a comenzar un programa de doctorado. Ni siquiera me paré a pensar en cosas como la fecha en que se decidían esos concursos ni en las consecuencias que podía tener ganarlos. Desde los ocho años me había preparado perfectamente para el fracaso pero no para el éxito. Y mucho menos para ganar no uno sino dos premios en el mismo año (el Clarín por Arte menor, el Segundo Premio del FNA por Juegos de playa).
Tampoco me había parado a pensar en el grado de exposición mediática que implica ganar un premio como el Clarín. Podría contar muchas cosas que entonces viví como un bajón: desde la conductora de TV que me maltrató fuera de cámara hasta el fotógrafo que intentó convencerme de posar en bikini para su revista, pasando por periodistas que querían que opinara sobre cosas como el conflicto por las papeleras en Uruguay. Pero prefiero contar lo bueno: el hecho fortuito e increíble de que mi primer libro llegara a tantos lectores y con José Saramago, Rosa Montero y Eduardo Belgrano Rawson como sus primeros críticos, la calidez de esos mismos lectores cada vez que me los he encontrado cara a cara o a través de las redes sociales.
En el medio de la vorágine del Clarín (que por la difusión que tiene, inevitablemente también te pone al alcance de gente muy negativa), recibí la noticia de que Pablo Ramos, Ana María Shuá e Inés Fernández Moreno habían elegido destacar mi libro de relatos. El premio del FNA fue la confirmación de que escritores de distintas estéticas y generaciones apostaban a mi escritura. Lo cual, es cierto, también es una gran responsabilidad.
Al Tusquets llegué seis años después en el medio del desaliento más absoluto y con Las poseídas, que rompía no sólo con la estética de mis obras anteriores sino con ciertas convenciones de la novela. Una editorial la había ignorado, otra la había rechazado con virulencia. Fue un año de mucha depresión. Creí que nunca más iba a publicar un libro. Y sin embargo....Encontrar finalmente editores que se arriesgan, que aman los libros y que no subestiman ni a los lectores ni a los autores fue lo más maravilloso que me pasó con el Premio Tusquets. Eso y conocer a Beatriz de Moura, una mujer desde todo punto de vista excepcional.
He oído muchas veces el lugar común que dice que los premios te paralizan. No sé si es cierto. Alguien me preguntó cómo se hace para seguir escribiendo a pesar del "éxito". No sé cómo harán otros. Yo tengo una sola forma: a escondidas, sin esperanzas y para esa niña de ocho años.

* Publicado originalmente en La Balandra, marzo de 2014

viernes, 14 de marzo de 2014

God Fearing Country


Es difícil escribir sobre Estados Unidos. Para sus habitantes, el país es invisible. Para los extranjeros, un espejismo cuidadosamente diseñado desde Hollywood o la prosa de Paul Auster, da igual. A los que llegan como turistas, la verdad los elude con cientos de malls que ofrecen rebajas interminables, la Cenicienta de carne y huesos de cheerleader que baila en el escenario del Magic Kingdom, y el neón, la resaca y la promesa (sólo eso) de fiebre y felicidad en Las Vegas.
Incluso para los que creen poseer credenciales de viajero profesional, "lo estadounidense" sigue siendo más un interrogante que una certeza, sea en los bares a los que sólo van los locales (y en los que te sirven una cerveza efímeramente multicultural mientras todo lo demás es mutismo) o en los clubes  del Village, donde hasta los hipsters parecen diseñados para ojos extranjeros.
A los que vivimos un tiempo largo en el país, su realidad nos engulle de tal manera que es difícil de narrar. Alguna vez, en un tiempo de menos inventiva y mayor pretensión, pensé en escribir un libro de ensayos que diera cuenta de ese estado de observadora forzada. Se iba a llamar "The Reluctant Anthropologist". Abandoné pronto la idea: el memoir -  tan dependiente del yo y sus prolongaciones- se centraba inevitablemente en mi limitada experiencia, en esa mirada que los estadounidenses designan  tan bien como "alien" y que de poco me servía si de verdad quería narrar Pennsylvania o Texas desde dentro.
Alien, la palabra que designaba al extranjero en latín, en español quedó relegada a prefijo usado en el terreno de los extraterrestres o de los marxistas (alienación, sí, de eso también se aprende no sólo vendiendo la fuerza de trabajo sino simplemente tratando de ir al supermercado en otro idioma). En cambio, en un país que "compra a sus enemigos  y los atrae con prosperidad", como dice Daniel Alarcón, todos los extranjeros somos aliens o alienígenas seducidos. La clave, por supuesto, está en el adjetivo: no a todos nos seduce el sueño americano, muchos nos rendimos a su reverso.
Cuando abandoné el proyecto de ese libro fallido, me dediqué a coleccionar noticias de ese reverso: ni siquiera son ejemplos de fracasos o derrotas, son historias crecidas a la sombra de ese sueño que pone toda su fe en el individuo y su empeño y deja a la sociedad de brazos cruzados o señalando con el índice. Hay mucha fe, una increíble, triste y pegajosa fe en esa idea del éxito individual. Es que antes que nada, Estados Unidos es un país de creyentes. No es casual que muchas de las noticias que me llamaban la atención tuvieran que ver con esa ingenuidad u optimismo que mueve a la sociedad entera pero también con los cultos extraños, sectas y religiones que han prosperado en esas latitudes.
Una de las primeras cosas que nota el viajero que llega a El Paso, Texas es la montaña que la custodia desde Ciudad Juárez. En letras cavadas en su ladera y rellenas con cal, dice: "La Biblia es la verdad: Léela". La frase puede verse desde los lugares neurálgicos de El Paso (de hecho es más visible allí que desde Juárez). Una leyenda local sostiene que el pastor que llevó a cabo la empresa - y la mantiene periódicamente cuando las letras empiezan a despintarse- es un gringo, no un mexicano (que la frase esté en español no avala demasiado esta hipótesis).
Después de vivir unos meses en la ciudad empecé a notar otras inflexiones divinas en el paisaje urbano. Además de las innumerables jardines adornados con carteles de "We pray for our troops!, en la autopista que abandona la ciudad por el oeste, siempre me sorprendía un letrero rojo, descomunal en el que Dios preguntaba: "Would you like to have yourself as a friend?". Ninguna iglesia se asignaba la inquisición. La cerraba un 0800.
Uno de mis pasatiempos favoritos -otro era ir a discos gay, las únicas que no cerraban a las diez- era caminar hasta la pileta de la universidad pasando por la puerta de la iglesia del barrio. Era una construcción blanca y modesta, casi una granja de Walnut Grove. Su único atractivo eran las frases que el pastor cambiaba semanalmente en la pancarta de la entrada. Me hice el hábito de anotarlas: si a las metáforas fáciles se le suma el tono de libro de autoayuda se obtiene un Dios Paulo Coelho con bastante chispa. Un Dios que combina bien con esa pátina de desprecio y cortesía que regla cualquier intercambio humano en esta comunidad (un cóctel potencialmente explosivo, como muestran penosamente los "episodios con armas" a los que las noticias de ese país nos tienen acostumbrados).
Copio dos de mis frases dominicales favoritas (por su aparente inocencia y porque desafían el arte de la traducción): Worries are the darkroom where negatives are developed (¿Las preocupaciones son el cuarto oscuro donde se desarrollan pensamientos negativos? Seguro. Seamos americanamente optimistas: si llegamos a la luna, bien podemos despreocuparnos de haber arruinado el planeta. It's gonna be ok, baby).
Sandwich your criticism among two layers of praising (¿Debes emparedar tus críticas con dos rebanadas de elogios?). Of course. Ésta debería haberla aprendido mejor, me hubiera evitado más de un dolor de cabeza durante mis aventuras como profesora en una academia que te penaliza por entregarle un parcial a un alumno delante de otros (nada de humillar públicamente a alguien que entregó la hoja en blanco, a ver si se traumatiza de por vida) o simplemente por emitir opiniones en el aula. Se sabe: ni de religión ni de política se habla en las reuniones sociales ni en las Casas de Altos Estudios. Mucho menos de adolescentes que se alcoholizan hasta el coma, desconocen los métodos más básicos de protección sexual y no saben (literalmente) donde quedan las pirámides de Egipto.
Con la mirada más entrenada, me fue fácil pasar de las admoniciones religiosas a los titulares de prensa. El optimismo, la fe o la ingenuidad estadounidenses estaban allí de las maneras menos misteriosas:
Marion County, Florida: "Una mujer de 92 años le dispara a la casa de su vecino porque él le habría negado un beso". Dwight, de 52,  declaró que la anciana le tocaba el timbre para charlar y le llevaba comida. Helen sólo declaró que en realidad no quería darle a la casa, sino al coche de Dwight, ya que parecía ser su objeto más preciado.  ¿Es culpa de ella haber confundido cortesía con amor? No, el problema es que tuviera una semiautomática en la casa.
Providence, Rhode Island: "Un gato predice 50 muertes en un asilo de ancianos". El fenómeno, documentado durante cinco años por el médico director del geriátrico y profesor en la prestigiosa Universidad de Brown, consistía en que el gato se subía a la cama de la víctima designada horas antes de su deceso. Sólo en un país como Estados Unidos un caso como ése llega a transformarse en un artículo "científico". Si recordamos que en algunos estados (en Kansas, por ejemplo) no se enseña a Darwin en las escuelas, no resulta tan sorprendente.
Fort Collins, Colorado: Una joven pareja llama a la policía para denunciar que su hijo de seis años ha desaparecido en un globo aerostático de fabricación casera. Después de casi 24hs de pánico transmitido en directo por TV, el matrimonio confiesa que el niño está escondido en el sótano de la casa y que idearon la farsa para posicionarse mejor como candidatos a un famoso reality. Lo mejor de esta noticia fue la declaración del niño. Un periodista le preguntó porqué había accedido a esconderse. "You guys said that we did this for the show", dijo mirando desconcertado a sus padres.
Durante años guardé éstas y otras noticias (que, no casualmente ocurrieron en ciudades pequeñas) con la esperanza de que se convirtieran en relatos sobre mi "experiencia americana". La lista podría seguir hasta llegar a los extremos fundamentalistas de la Iglesia Pentecostal, que incluye ceremonias con serpientes y cócteles de jugo de naranja con estricnina destinados a probar que los feligreses que no mueren en el acto están habitados por el Espíritu.
En la práctica sólo una de estas historias se transformó en un cuento. Escribirlo sin recurrir a la mirada extranjera (como sí lo he hecho en este artículo) resultó bastante difícil. Por lo demás, alguien transformó la noticia del gato en un exitoso libro de autoayuda para lidiar con la muerte de seres queridos. La noticia del globo recuerda a otra farsa, esta vez literaria: una serie de artículos publicados por Edgar Allan Poe en The Sun como reportes sobre un (falso) globo aerostático tripulado que había cruzado el Atlántico. Y la de la anciana, como tantas historias de ridícula soledad, espera todavía en el disco de mi computadora.
Quizás no esté de más recordar que el país en el que suceden estas historias modestamente extraordinarias es también el de Henry James, el de Gertrude Stein, Francis Ford Coppola, Andy Warhol y la Velvet Underground. Y que a esta altura del siglo, nos guste o no, la cultura estadounidense es también la nuestra. I say,let's go for it.


 * Publicado originalmente en La mujer de mi vida, Octubre de 2013

martes, 12 de noviembre de 2013

No, no soy lo suficientemente "visceral"

*

Alguna vez hace ya tiempo, en un alarde de ingenuidad, le conté al maestro Élmer Mendoza que un diario argentino me había pedido una crónica sobre la frontera Juárez-El Paso. Élmer estaba de visita en Pittsburgh para dar la conferencia magistral de un congreso sobre narcoliteratura, acababan de presentármelo y se me ocurrió pedirle una opinión sobre cómo escribir ese texto por encargo sin transitar por los lugares en los que ya se habían empantanado otros: muertas, drogas, inmigrantes y coyotes, común miseria de los cronistas fronterizos.
Élmer me miró fijo desde el otro lado de la mesa. Dejó caer sobre nosotros una pausa que equivalió a un regalo, a años de complicidad que no teníamos y, finalmente, dijo:
-No diariemos, Betina, por favor.
Cuánta razón tenía. Pero yo ya me había comprometido con la editora de la sección y una escritora tiene pocas cosas más valiosas que su palabra. Así que escribí esa crónica con el foco en una clínica maternal de El Paso que atendía a mujeres sin seguro de salud. Trabajé en el proyecto casi un mes y medio haciendo entrevistas, releyendo artículos de diarios, visitando lugares, escribiendo, borrando y volviendo a empezar. El resultado fue apenas digno. Nada extraordinario ni de que enorgullecerme. La crónica salió publicada muchos meses después de que la entregara, en una sección del diario que nada tenía que ver con lo pautado y con un título diferente al que yo había propuesto. Quizás no esté de más decir que cobré mis honorarios tres años después y sólo gracias al tesón de la editora, una escritora increíble.
En varias oportunidades durante ese largo proceso pensé en el consejo de Élmer. "No diariemos" para él significaba que hay cosas que sólo la ficción puede narrar con justicia. También, que el trabajo medido en cantidad de caracteres, temas taquilleros, actualidad y trapitos al sol, tarde o temprano va asfixiando ese centro rabioso en la psiquis de cada escritor que es su única arma.
Pero también es cierto que escribir para los medios me ha dado muchas satisfacciones, sobre todo cuando una se encuentra con editores sensibles y dedicados con pasión a su trabajo, no importa cuáles sean las limitaciones que el medio azaroso en el que lo ejercen les impongan. Los casos son muchos y va para ellos todo mi agradecimiento.
Lamentablemente, hay excepciones. Hace poco, en un evento literario, se me acercó un señor de copa en mano que celebró breve y vagamente mis libros y me pidió una colaboración para su sección, otra vez en un diario de circulación masiva. La propuesta era una crónica "desde el yo". Dije que sí. Es cierto que no lo pensé mucho (yo también tenía una copa en la mano). Pero también es verdad que creo que incluso la propuesta más lejana a tus intereses puede ser válida si lográs jugarla a favor de tu escritura. Esta vez, el desafío fue hallar un tema lo suficientemente personal como para encajar en el género sin caer en el tabloide, peligro que el intercambio de mails con el editor debería haberme anticipado (sí, debí sospechar cuando a mi propuesta de escribir sobre mi ex pareja, paramédico y rescatista en Texas, me sugirió titular la nota "yo escritora, él bombero", casi una de Porcel).
Pero me gustó el desafío y decidí intentarlo, sobre todo porque, como sabe cualquiera que haya leído este blog, lo autobiográfico me cuesta, nunca es punto de partida para mi escritura. Sin embargo, escribí la columna con placer, reviviendo escenas que creía perdidas en mi memoria, concentrándome en el contraste de profesiones entre mi ex y yo, narrando los desencuentros irónicos entre el oficio de escribir, enseñar y leer y el de sacar gente de debajo de escombros, hacer respiración boca a boca y traer bebés al mundo.
La opinión del editor fue que el texto estaba "bellamente escrito" pero que no era todo lo visceral y confesional que su sección necesitaba. Él quería saber más (¿qué me había atraído de mi ex? ¿por qué nos habíamos separado? ¿qué era lo más profundo entre nosotros?). Me pregunté si a los lectores del diario les importarían esas cosas, si de verdad leían esa sección con sus vísceras y si sería cierto que necesitaban saber todos esos detalles sobre la vida de una mujer llamada Betina González. Decidí que no. Que lo que puede aportar mi mirada y mi escritura es otra cosa y que los lectores de ése o de cualquier otro diario son lo suficientemente inteligentes como para reconocerlo.
De más está decir que el editor y yo no pudimos ponernos de acuerdo, que la crónica sigue siendo un documento inédito en mi computadora y que escribirla fue una forma de cerrar una etapa (la escritura siempre es ganancia).
Después del episodio, me volví a acordar del consejo de  Élmer. Siendo autor de policiales, no es imposible que además de todo lo que implica la frase "No diariemos", Élmer me estuviera advirtiendo algo más simple: que muchas veces el periodismo, igual que el crimen, sencillamente no paga.



* "The Principle Organs and Vascular and Urino-Genital Systems of a Woman". Licensed under Public domain via Wikimedia Commons - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:The_Principle_Organs_and_Vascular_and_Urino-Genital_Systems_of_a_Woman.jpg#mediaviewer/File:The_Principle_Organs_and_Vascular_and_Urino-Genital_Systems_of_a_Woman.jpg