lunes, 30 de mayo de 2016

Ningún apocalipsis: "América alucinada". Diario de lectura y escritura

"No nos quedan más comienzos"- dice George Steiner en su libro sobre la creación. Quizás con esa sensación, fui pensando las historias en América alucinada. Primero como el escenario de un largo final, el de una ciudad rara, en decadencia, que era y a la vez no era Pittsburgh, el lugar en el que yo vivía por esos años. Había todo el tiempo en esa ciudad la sensación de que algo se había acabado y no terminaba de desmoronarse: las iglesias estaban en venta, las mansiones tenían las ventanas y las puertas tapiadas, en la avenida Pennsylvania, los adictos se turnaban con los homeless y los locos en sus vueltas alrededor de la tienda de "Todo por un dólar" . Más allá, sólo resistía un café de jóvenes entusiastas ("The Quiet Storm") en el que tocaban bandas de rock y una podía ver caer la tarde siempre gris mientras leía un libro o conversaba con los pocos hipsters que todavía parecían auténticos porque la ciudad les prestaba su desconcierto.
Había un final, sí. Pero nunca pensé este libro como una historia "post-apocalíptica". Eso me preguntaron el otro día, si América alucinada pertenecía a ese género. Yo no sé si eso es un género o no. Lo que sí sé es que no hace falta ningún apocalipsis para que dejemos de ser solidarios, salgamos a matar ciervos o nos sintamos abandonados. Más que "post", las historias en esta novela son historias de "cómo todo el tiempo, allá afuera algo se muere". El final todavía no ocurrió, está ocurriendo todo el tiempo. Ya. Ahora. No podemos siquiera esperar un Gran Evento. Eso sienten y dicen de muchas maneras sus personajes.
Por mucho tiempo sólo tuve una ciudad y no una novela. Había que ser valiente para vivir en Pittsburgh durante esos años. Mis lugares favoritos eran el Museo de Ciencias y el cementerio de Allegheny. Ahí, no sé porqué, encontraba cierta armonía o cierta organización de la tristeza. Había ciervos entre las tumbas.
Un día vi a la nena de mi vecina jugando a bañarse con una manguera. Eran dos hermanas negras, ella tendría 10, la chiquita, 4. Siempre jugaban en el patio común a los departamentos. Tenían una única bicicleta (rosa, con rueditas) en la que se turnaban para dar vueltas alrededor de su edificio (una construcción de los años 20, sólida pero con varios vidrios rotos). Esa tarde gris de verano (en Pittsburgh, hasta el verano es gris), la mayor jugaba sola. Con el agua. Y había tanta felicidad en ese juego que, mirándola, me animé a levantarme de la cama, a prender la computadora, a esperar o intentar un comienzo.
Con el tiempo, esa nena se transformó en mi Berenice. Las noticias de prensa entraron después y fueron armando muchas historias en un texto que, durante meses, creció y se ramificó sin plan. No todas esas historias quedaron en América alucinada pero el libro me sostuvo los seis años que viví en Pittsburgh, sí, la ciudad de George Romero, la ciudad zombi, la ciudad donde todo el tiempo algo se muere. Y sin embargo, también comienza. Porque no podemos hacer otra cosa más que seguir apostando a los principios.

viernes, 5 de febrero de 2016

Vivir afuera (El Paso, Texas) *


Nunca soñaste con vivir en Estados Unidos, pero esa parece la única opción que Buenos Aires te deja. No querés oír más la frase "ponerse la camiseta de la empresa", ni festejar "la pizza y el champán" o el cinismo ante todo. Tenés treinta años y se te hace tarde: querés escribir. Vos, que venís de una familia que atesora los libros porque tiene pocos, que si sabés historias es porque tus abuelos hicieron de sus desdichas cuentos para chicos, que tenés una madre que a los doce se subió a un barco y se convirtió en extranjera para siempre. Te creés muy sensible, pero no te parás a pensar en eso. Es otro contexto, otra edad, creés. Ni siquiera contás los amigos que ya se fueron. Sos única.
No averiguás mucho más allá de la beca. Texas es un lugar como cualquier otro. Te da igual. Creés que sos joven y todopoderosa. Tus amigos te advierten que por ahí matan mujeres. Que el clima. Que el imperialismo. Te reís. Creés que tu vida cabe en una valija. 
Tus viejos te despiden en el aeropuerto. Como buena chica de los 90, te consolás en el free-shop. Subís al avión. Te sentís valiente. Igual que algunos suicidas.
Una de las cosas que sí averiguás es que tu beca no es como las de las películas: no incluye un dormitorio compartido con un genio antisocial, ni un campus centenario, ni una biblioteca impresionante para refugiarse leyendo a Henry James. La de tu universidad no está muy actualizada y tu estipendio apenas alcanza para un alquiler. Ya te la rebuscarás, pensás. Lo importante es el tiempo no la plata (en eso, por suerte, tenés razón). 
Para ahorrar, alquilás un cuarto en casa de una profesora, Linda. Te entrevista por teléfono durante tu escala en Washington. Tiene reglas: nada de fiestas, ni de llamadas después de las nueve o de cocinar carne. Le preguntás si desde su casa se puede ir a la universidad en colectivo.  Dice: "Hay gente que lo hace". 
Deberías sospechar de esa respuesta. Los únicos que toman el autobús en El Paso son los homeless, los mexicanos y vos. Un trayecto de quince minutos puede durar horas. Llegar a la parada es una proeza. No hay señales ni veredas, solo tierra al costado de la ruta. La primera vez que salís, notás que te miran desde los autos. Una mujer se detiene y pregunta: "¿Necesitás que te lleve?". Sonreís. Decís que no. Tardás en comprender que en esa ciudad las mujeres blancas no caminan por la ruta a menos que les haya pasado algo.
Un día hacés lo impensable: estás deshidratada y tan cansada que te subís al auto de un extraño. Uno que también pensó "que te pasaba algo". Debe tener tu edad pero es muy gordo. Ni bien subís, te advierte que no es bueno andar sola por la ciudad. Escucha música en español pero te habla en inglés. No para de mirarte las tetas. Maneja rápido. Te cuenta de las muertas. "Las tiran en el desierto y las bañan con cal. Para que no las reconozcan", dice. Te bajás en el primer semáforo, en cualquier parte. Te das cuenta de que zafaste de algo pero no sabés bien de qué. Eso sí: dejás de pensar que sos única. Entendés que sos una mina más. Y estás sola.
A la noche, llamás a Buenos Aires. Hablás con tu viejo. Tratás de sonar optimista. Le decís que estás en un lugar como la puna pero con shoppings. Él se ríe. Tenés muchas diferencias con tu papá. Pero esta vez dice lo que necesitás: "Aguantá, no pasó ni un semestre". Pausa y agrega. "Y si no, te vamos a buscar". Se te llenan los ojos de lágrimas. Decís cualquier boludez y colgás. Ya es octubre, todavía no cobraste tu primer sueldo y, hasta ahora, no escribiste ni una línea.
Cuando tus clases terminan de noche, lográs volver a casa de Linda sólo gracias a un compañero que tiene auto. Un día te avisa que hay un departamento libre en su edificio. El lugar es horrible. Pero no piden garantías y queda a una cuadra de la universidad. Te mudás inmediatamente.
La primera semana sobrevís a leche y galletitas que comprás en una estación de servicio. No tenés ni un tenedor y los supermercados quedan a kilómetros de distancia. Sumás kilos sin darte cuenta. Te enfermás. Cobrás tu primer sueldo. Lo primero que comprás es una PC usada y un teléfono. Pedís la línea. Te dicen que enchufes el aparato, que al día siguiente va a andar. Obedecés. Tenés fiebre. Vas a clase igual. Hacés algunos amigos. 
Un día te descubrís unas manchas moradas en los muslos. Te sentís débil. No le das bola. Hay que leer, enseñar, entregar monografías. Casi te desmayás en un recreo. Una compañera te acompaña al centro de salud. El trámite es interminable. El médico te pregunta qué te pasa. Tratás de explicarle en inglés. El tipo no entiende. Te levantás la pollera para mostrarle las ronchas y él entra en pánico. Empieza a gritar, llama a una enfermera. Entendés que está prohibido mostrarle tu cuerpo a un médico a menos que haya un testigo presente. Te sentís una puta.
Te recetan penicilina sin decirte qué tenés. La farmacia queda demasiado lejos. Ya es de noche cuando volvés a tu departamento. Te tirás en el colchón y te quedás dormida. Te despierta un ruido nuevo: es tu teléfono. Nadie tiene ese número. Ni siquiera tu familia. Son las doce de la noche. Atendés.
"Quiero hablar con Betina" dice en español un hombre de acento impreciso. Si no estuvieras enferma, te daría para pensar en una película. Pero no, sólo te da para sentir miedo. Puro, frío, resbaloso miedo. Porque el hombre sabe todo de vos: tu nombre, donde vivís, qué hacés. Se burla de tu acento. Le preguntás quién habla y te contesta: "¿Cómo? ¿No sabés? Habla el Gran Gatsby". Y corta. Pero vuelve a llamar. Varias noches, a distintas horas. Cada vez te dice cosas peores. No se lo contás a nadie. Pensás que es tu culpa. Es irracional pero lo pensás. No comprás el antibiótico. Vas a clases como una muerta. Ya empezó el frío, se acerca fin de año y lo único que querés es volverte. 
Un día, a la salida de clase, escuchás algo imposible: una mujer con acento cordobés te llama por tu nombre. No te lleva muchos años. Se llama Sandra y es profesora en la universidad. Se enteró de que una argentina había llegado a la maestría de escritura y la fue a buscar. Te vino a buscar a vos. Con un paquete de yerba. Te dan ganas de llorar, de abrazarla. De hecho lo hacés. Le contás todo. Te lleva a la farmacia y, por tu relato, desentraña la historia del acosador telefónico. Después lo denunciarás. Pero eso no importa. Lo que importa es que desde ese día, Sandra y su familia son tu Navidad, tu Año Nuevo, tu otra razón para quedarte. Sólo entonces empezás a escribir. No lo que pensabas. Apenas lo que podés. Ya no te creés ni joven ni todopoderosa. Y en eso también tenés razón.

* Publicado en la edición impresa de Clarín el 10 de enero de 2016
Foto: Wikipedia Commons

domingo, 20 de septiembre de 2015

Extraños en ruta

Cada vez tengo menos tiempo de publicar en este blog, así que vuelvo a hacer trampa y les dejo un cuento que iba a formar parte del libro que estoy terminando de escribir pero quedó afuera, huérfano porque desentonaba en atmósfera (y otras cosas) con los otros...


Nunca viaja sola. Si no puede convencer a un amigo para que la acompañe, consigue a alguien en la ruta. Ni siquiera es por la conversación. Varios viajes los pasó escuchando libros en compañía de un extraño. El jardín de cemento, por ejemplo, fue una mujer muy gorda, de baja estatura. Tenía el pelo corto, enrulado y gastado en varios tonos de rojo. Lo llevaba adornado con una vincha verde sobre la que se destacaban siete rosas de tela del mismo color; el tipo de vincha que usaría una nena de cinco años (a juzgar por las ojeras y las manchas en el pecho, la mujer debía haber pasado los cuarenta hacía rato). Amber la levantó en una cafetería. Estaba charlando con la chica que atendía las mesas, cuando la mujer abandonó la suya en el otro extremo del salón y, disculpándose por interrumpir, le preguntó si podía llevarla al próximo pueblo.

—Oí que ibas para ese lado. Tengo una emergencia— agregó apretando contra su abdomen un bolso sucio, de tela negra que, obviamente, no había sido usado en años.

Fue la vincha lo que la convenció de llevarla. Nadie que use flores en la cabeza puede estar planeando un crimen, pensó Amber.

—Te sorprenderías de la capacidad de la gente para disfrazar su verdadera personalidad— le dijo su madre esa tarde cuando la llamó desde el hotel para pasarle el parte diario de sus actividades. —Hace años tuve un paciente que parecía un tipo modelo. Alto, elegante, siempre de traje. Hubieras creído que era uno de esos ejecutivos de uñas perfectas y secretarias que llaman en medio de una sesión para recordarle el cumpleaños de un pariente. Pero no. El tipo era un ex entrenador de fútbol. Hacía años que había perdido su último empleo estable. Para colmo era alcohólico. Detrás de esa fachada era una ruina. Pero el traje y la manicura le funcionaban y había empezado a vivir de las mujeres, que apostaban todo, incluso sus cuentas bancarias, a su recuperación. Hay gente así. Mucha. Como Ted Bundy, que usaba un yeso falso en el brazo izquierdo para atraer a sus víctimas.

Siempre que su madre argumenta en contra de su costumbre de viajar con extraños, recurre a los asesinos seriales. Desde que dejó de trabajar, sólo ve documentales sobre crímenes, lee biografías de gente famosa y come helado de café directamente del pote. También se está muriendo de cáncer. En el momento del diagnóstico, los médicos le dieron dos meses de vida. Cuatro a lo sumo. Los días pasaron hasta que eso se volvió un chiste entre ellas. Myriam 3, estadísticas 0. Hasta ahora.

—Ma, la mujer era tan gorda que apenas podía moverse. Y cuando se bajó del coche me miró como si yo fuera una loca. Dijo que pensaba que era una pena que yo escuchara ese tipo de libros.

—¿Qué te quiso decir? No entiendo.— Habían pasado sólo unos segundos en la conversación, pero la voz de su madre ya había perdido toda su vehemencia. Debían ser las pastillas para dormir. A Amber siempre le sorprendía lo rápido que actuaban esas drogas. Al rato de tomarlas, el mundo perdía todo su color y su madre lo veía alejarse como desde un muelle, contenta de hallarse a salvo de sus complejidades.

—Es que en El jardín de cemento un chico se acuesta con su hermana.

—Ah, claro. Qué interesante.—

Amber pensó que el incesto era muchas cosas menos "interesante". Pero no dijo nada. Adivinó la sonrisa en la cara de su madre. Seguramente estaría satisfecha de haber dado con un adjetivo que colocaba al libro y a su hija de veintiún años en una segura balsa de madera y ahora simplemente levantaba el brazo para despedirlos.

—Ok, hasta mañana— dijo Amber por decir algo antes de que le llegara el tono hueco del teléfono.

A veces prefiere que las cosas sean de esa manera, que su madre se quede dormida en lugar de preocuparse por ella o de interpretar cada una de sus decisiones, tatuajes y relaciones de acuerdo a sus viejas recetas conductistas. Como si todo pudiera arreglarse siguiendo las diez reglas del doctor Wilson con las que trató a su pacientes durante años: 1) Respetarme a mí misma; 2) Declarar mis sentimientos y necesidades en oraciones que comiencen con la palabra "Yo" (ejemplo "Yo me siento incómoda con tu decisión); 3) Permitirme cometer errores (todos los errores son naturales, lo que no es natural es acertar) 4) Disfrutar de mi éxito (ejemplo: "estar contenta con las cosas que hago y compartirlas con otros"). Y así sucesivamente.

La mayoría de los pacientes de su madre eran mujeres sometidas por sus maridos. A ellas sí les funcionaban los diez mandamientos de la "asertividad". Al menos por un tiempo. Las hacían sentir que estaban ocupándose del problema. Atacándolo. Amber las veía salir del consultorio con la cabeza en alto y los labios apretados, dando pasos firmes que sin duda sonaban muy asertivos. Detrás del escritorio, su madre parecía una generala que comandaba un ejército de amazonas. Lástima que a la semana siguiente volvieran a la consulta con sus compras compulsivas, sus dietas abandonadas en medio de una crisis nerviosa, y nuevas relaciones con hombres maravillosos que, igual que los anteriores, remataban sus frases amorosas con la palabra "bebé" (y no, no estaban trazando ningún plan reproductivo).

No todo puede reducirse a un problema de aserción, piensa Amber. Pero cuando terminó el secundario y, en lugar de estudiar, decidió trabajar, el veredicto de su madre fue que tenía miedo de elegir una carrera de verdad. Amber argumentó que era algo transitorio y que el sueldo era demasiado bueno como para pasarlo por alto (tenía que serlo: sólo alguien sin muchas opciones aceptaría viajar de ciudad en ciudad haciéndole preguntas a desconocidos sobre salud y hábitos nutricionales). Era, además, la única manera de pagar por los rayos y la quimioterapia. Pero en el fondo sabía que su madre tenía algo de razón. No tenía idea de qué haría cuando al gobierno se le acabara la preocupación por una población aparentemente condenada a la soledad y al sobrepeso.

Después de unos meses, hablar con la gente empezó a resultarle fácil. El error estaba en querer comprender cuando en realidad lo que se esperaba de ella era que simplemente obtuviera información. Así que decidió actuar según el instructivo y el entrenamiento que recibió al principio del programa.

Ahora llega a una casa, a un gimnasio o a una escuela y administra los cuestionarios como si ella y sus encuestados estuvieran obligados a participar de un juego de mesa algo ridículo pero necesario. Después sigue viaje. Y el ciclo se repite.

Manejar es la parte más difícil del trabajo. No soporta la transformación de kilómetros en horas, de las horas en minutos, de los minutos en silencio y en contracturas musculares que crecen al ritmo de su pie en el acelerador. La radio y los audiolibros ayudan. También compartir el viaje. Por eso casi nunca viaja sola. No es que le interesen especialmente las historias de los desconocidos que levanta en la ruta. Al contrario, en general está cansada de oír a la gente hablar de sus problemas de salud, un tema por el que (lo sabe demasiado bien) se puede llegar a toda una biografía.

Viajar con alguien, aunque sea por unas horas, es compartir la responsabilidad del camino. El camino es algo que siempre pesa sobre un conductor. Una maniobra equivocada puede cambiar para siempre el curso de las cosas. ¿Deberíamos parar ahora a comer algo? ¿Estará por nevar? ¿Será seguro tomar esa ruta secundaria? Ésas son las cosas que Amber prefiere discutir con un acompañante. Pero tampoco se arriesga a llevar a cualquiera en su coche. El camino tiene sus reglas y hay que seguirlas al pie de la letra: evitar los grupos y, en lo posible a los hombres, sobre todo si tienen más de veinticinco (a menos que se trate de ancianos) y rechazar a cualquiera que la supere en músculos y estatura (como heredó la contextura de su madre, "tipo alemana", eso no ocurre con tanta frecuencia). Con respecto a las mujeres, confía en su instinto: ciertas miradas y actitudes corporales son suficientes para revelar a la adicta o a la asaltante. Ésas se quedan en la banquina, haciéndole compañía a los tipos de la calle que optan por carteles ridículos, como "Voy al sur o adonde quieras", "Mi mujer tenía un mejor abogado" o "Para qué mentir, de verdad necesito una cerveza".

Marvin es su primera excepción a esas reglas. Lo conoce en la puerta de la biblioteca pública de un pueblo gris en medio de un valle. Acaba de encuestar a toda la escuela del lugar. Está cansada. Pero, al pasar frente al edificio, ve una mesa con saldos. Hay volúmenes antiguos, películas, discos de música y audiolibros.

Amber no se preocupa demasiado por los autores o los títulos de los libros que escucha. Igual que sus acompañantes, dependen del azar y la oportunidad. Y esta parece ser una para aprovechar: las bibliotecas siempre se están deshaciendo de los materiales que nadie consulta para reemplazarlos por novedades. Tienen buenas ofertas, comprueba. Sobre todo en clásicos. Pero también tienen el de ese escritor sueco tan de moda que compró hace meses en una estación de servicio por un precio cinco veces más alto. Elige tres basándose en las portadas, se los paga a la chica que custodia la mesa y vuelve a su coche. Cuando ya está girando para retomar la ruta, un tipo alto y delgado pero de espaldas anchas sale corriendo por la puerta de la biblioteca. Tiene el pelo enrulado y corto. Va vestido con un pantalón blanco y una camisa gris muy bien planchada abierta hasta el pecho. Lleva colgado del hombro un bolso marinero que está lleno hasta reventar. Cuando se acerca a la ventanilla, Amber comprueba que, además, tiene ojos azules y enormes y un rulo con la cantidad perfecta de gel como para caer casualmente sobre su ceja izquierda.

—Hola. Sos la chica de las encuestas, ¿no? Iba interceptarte más adelante o a pararme en la ruta con un cartel que dijera "Cualquier lugar con sol", pero ya que pasaste por acá me ahorraste el trabajo.

—¿Adonde vas?

—¿No me oíste? Es en serio. A cualquier lugar. Preferiblemente con sol. Lejos. Lejos de este pueblo de mierda. ¿Doce iglesias y un solo bar, que encima cierra a las ocho de la noche? No para mí, gracias. Ya tuve suficiente.

Amber, que ha notado el exceso de lugares de devoción durante la mañana, se ríe. Claramente está frente a un hombre de más de treinta, más alto y más musculoso que ella pero igual pero se estira para levantar el seguro de la puerta del acompañante. Él rodea el coche, pone su bolso en el asiento de atrás y sube.

—No tengo mucho efectivo, pero puedo pagar el almuerzo más adelante—. dice revisando sin pudor la bolsa con los discos que ella acaba de comprar.

—No es necesario.

—Lo sé. Pero está bueno retribuir. Soy Marvin.

—Amber.

—¿Alguna vez te dijeron que es nombre de stripper?

—Muchas. De hecho, siempre se lo reproché a mi madre. Ella insiste en que sólo pensó en el color.

Marvin niega con la cabeza.

—¿Amarillo fósil que intenta parecer miel pero no lo logra? No, gracias. Prefiero la esmeralda o el diamante. ¿No te parece? Aunque es verdad que no suenan tan bien como Amber para un nombre — Hace una pausa y desvía su mirada hacia el paisaje: están por atravesar el centro del pueblo para volver a la ruta— No me malentiendas, no quise ofenderte.

—No te preocupes.

Él vuelve a los discos. Amber observa que tiene manos pequeñas para su estatura y que lleva una banda plateada en el anular de la izquierda.

—¿Cuál ibas a escuchar primero?— pregunta poniendo las tres cajas en abanico.

—No sé.— y, sin pensar en realidad en lo que dice, agrega— Podemos conversar, si te parece.

—Perfecto. Yo prefiero leer los libros. No me gusta que me los cuente Morgan Freeman.

Amber lanza una carcajada y le explica que, en un viaje largo, oír al actor contar cualquier cosa, incluso el nacimiento de Jesucristo, es mejor que arriesgarse a las estaciones de radio que sólo pasan música country.

—Puede ser— admite Marvin— Siempre pensé que la gente que venía a la biblioteca a buscar audiolibros era simplemente demasiado perezosa para hacer el esfuerzo de leer. Gente sin imaginación. Pero supongo que algunos de ellos los escuchaban sólo cuando se iban de viaje. Es algo, al menos— Esto lo dice dejando salir las palabras junto con un suspiro, los ojos fijos en la ventanilla.

—Sí, supongo que es algo— dice ella y le cuenta de la vez que escuchó casi todo un libro en compañía de un viejo alto y silencioso, con un lunar en la frente y un aire de andar fuera de siglo. Viajaba por todo el país trabajando en las cosechas. Antes de bajarse, le dio su teléfono. Tenía la esperanza de que Amber lo llamara para contarle el final de la novela y ella jugueteó unos días con la idea. Al final decidió que no.

—"Si quiere saber, que lea, pensé"— y al decirlo ahora, frente a este nuevo extraño, vuelve a acordar consigo misma.

El auto avanza lentamente, están terminando de recorrer la calle principal, donde ya pasaron cuatro de las doce iglesias, la municipalidad y tres farmacias. En las calles laterales que bajan de las colinas se ven algunas casas de jardines cuidados. Al llegar a una intersección, Marvin levanta un brazo y saluda hacia una de ellas, pintada de celeste.

—Adiós, madre.— dice en voz muy baja.

Amber no puede evitar preguntar:

—¿Te fuiste sin despedirte?

Él no contesta. En cambio dice:

—¿De verdad nunca lo llamaste? ¿Por qué?

Le cuesta uno segundos entender que se refiere al hombre del lunar.

—No sé, me pareció raro. Además, no quería que un extraño tuviera mi número de celular.

—Podrías haberlo llamado de un teléfono público.

—No se me ocurrió—

Pasan varios segundos de incómodo silencio. Amber aprieta el acelerador. Ahora abandonan el pueblo definitivamente y salen a la ruta.

—Está mal. Muy mal. El pobre tipo sólo quería saber el final del libro. ¿Qué te costaba llamarlo?

Amber no aparta los ojos del asfalto. Siente los de él fijos en su perfil. Tanto que la cara empieza a arderle. Trata de recordar si más adelante en la ruta había un parador o un restaurante en donde detenerse con cualquier excusa.

—No saber el final de un libro puede ser algo grave. Puede tener consecuencias insospechadas.

—Bueno, tampoco me parece algo terrible— dice ella intentando una sonrisa.

—¿Terrible? Claro que no. Terrible es matar. Terrible es que a los tres años tu madre te encierre en un lavarropas o que tengas que crecer sin un puto libro en toda tu casa.

Ahora el que no aparta los ojos del camino es él.

—Lo siento— dice ella, aunque en realidad no es cierto. No lo siente. No le importa. Lo que siente es miedo. Puro, afilado y brillante miedo. Como un chuchillo. Igual al que Marvin podría tener en el bolsillo de sus jeans blancos e impecables en este mismo momento.

—No lo sientas. No es tu problema. No es el problema de nadie. No es algo que se pueda remediar. — Ahora habla con los dientes apretados, todavía sin mirarla, los brazos cruzados con fuerza sobre su pecho— Lo que sí se puede remediar es tu problema, tu pequeño acto de crueldad. Y lo vamos a hacer ahora mismo.

Marvin descruza los brazos con lentitud, un poco teatralmente y señala con el índice un cartel que, más adelante en la ruta, dice Denny's. Es una ex casa rodante transformada en fonda. Está pegada al asfalto, un poco oculta por los árboles. Hay dos mesas y cuatro sillas de metal plegables. Y, como puede ver Amber al detener el coche (porque lo único que se le ha ocurrido hacer es obedecer), al lado de la ventana que es también un mostrador, hay un teléfono clavado a un poste de madera.

—Ahí— dice Marvin sin darle descansó a su índice— Vamos a hacer una llamada.

Es un día de sol, raro para ese valle. Hay pájaros en los árboles y decenas de potenciales clientes transitando por esa ruta pero al tal Denny todo eso no parece importarle nada. La ventana que hace de mostrador está cerrada y todo el lugar parece abandonado, comprueba Amber.

—Vamos— dice Marvin. Y aunque no la amenaza con un arma o algo por el estilo, a Amber le alcanza con esos ojos azules, llenos de chispas y la voz calma con la que le habla ahora. Abre la puerta y baja del coche. Él hace lo mismo, pero antes saca su bolso del asiento trasero.

—Nunca llevo la billetera en el bolsillo del pantalón— explica revolviendo entre la ropa—. Es poco elegante. ¿Qué sería lo próximo? ¿El celular y las llaves en una riñonera? No, gracias.

Ella quiere sonreír pero no puede. Sabe que es el momento perfecto para volver al auto y acabar con todo el asunto. Mejor dicho, es su mente la que sabe todo eso, el que no se entera de nada es su cuerpo, que se ha quedado paralizado al lado del coche, con la mano en la manija de la puerta. Piensa en su madre, sola en su casa a kilómetros de distancia, viendo televisión. Piensa en sus teorías sobre la capacidad de la gente para disfrazar su verdadera personalidad. Y como no quiere, en realidad, pensar en eso, se concentra en los jeans blancos y en el rulo perfecto de Marvin. En los detalles.

—Bien—dice él sentándose en el capot del auto y contando las monedas que acaba de sacar de una billetera de cuero— ¿Dónde está el número?

Un rayo de sol se abre paso entre las nubes y toca la frente de Marvin que, como en un acto reflejo, se acomoda el infame rulo sobre su ojo izquierdo. Es en serio, piensa Amber. De verdad lo único que quiere es que llame al tipo para contarle el final del libro. ¿Cómo se le ocurre que ella puede haber guardado el número? ¿Qué espera? ¿Qué lo haya anotado archivado en su carpeta de contactos? Ni siquiera se acuerda si el tipo lo anotó realmente en un papel. Tal vez sólo se lo dijo antes de bajar o le dio su nombre para que ella lo buscara en la guía telefónica. Sí, sí se acuerda: el viejo lo anotó con un marcador en la tapa del audiolibro, por eso ella había pensado en llamarlo, aunque nunca demasiado en serio, es cierto. No lo anotó en el que estaban escuchando, sino en la tapa de otro, que no tenía la cubierta plastificada. Debe estar todavía en el coche, tirado en el piso con todos los demás, del lado del asiento trasero.

Pero en lugar de contarle eso a Marvin, que la espera pacientemente sentado en el capot, dice:

—No lo tengo.

—¿Cómo que no lo tenés?

—No tengo idea de qué hice con él. Fue hace meses. Probablemente lo anoté en el dorso de algún cuestionario. Estará en casa, junto con un montón de otros papeles.

Por unos segundos, Marvin parece haberse quedado sin nada que decir.

—"Estará en casa junto con un montón de papeles"— repite después de un rato imitando en tono de burla la voz de ella.

—Lo más probable es que el tipo ni siquiera se acuerde de mí.

—Oh, te aseguro que se acuerda. Te aseguro que se acuerda de todo—dice él, despegándose del auto aunque con los ojos todavía fijos en los de ella.

Hay tanta tristeza en su voz, en sus ojos enormes y azules, y en su rulo perfecto, que Amber dice:

—Lo siento—

Pero esta vez es cierto. Lo siente. Siente haber dejado al hombre del lunar sin el final de la novela, siente no haberle preguntado a la mujer de la vincha cuál era su emergencia, siente todas esas horas perdidas con extraños tratando de alivianar la responsabilidad del camino. Pero, sobre todo, siente haber aceptado ese trabajo con la única intención de alejarse de su madre moribunda. Nada de eso, lo sabe, puede arreglarse con una llamada telefónica.

—No está bien—dice Marvin. —No está bien— repite parado junto al teléfono, negando con la cabeza y mirándose la punta de los zapatos.

—Ya sé. Tenés toda la razón. No está nada bien. — dice ella y, en el último segundo, logra reprimir las ganas de abrazarlo o, por lo menos, de darle una palmada en el hombro. Después, abre la puerta, se mete en el coche y sale a toda velocidad hacia la ruta.

domingo, 7 de junio de 2015

Diez consejos para jóvenes novelistas

1.Escribí sin miedo. Por más que te abrumen la cantidad de volúmenes en tu biblioteca, la crítica especializada, los reseñistas, los lectores,  las sentencias de los que te advierten que ya todo fue escrito, escribí con valentía, como si acabaras de inventar la palabra misma. (De paso: no es verdad que ya todo fue escrito, esa máxima borgeana sólo se vuelve cierta si reducís la literatura a sus temas,  a una pobre ecuación para conferencistas. Los únicos felices con esa verdad son los profesores de semiótica).

2.Escribí como si todo eso (los libros, los críticos, los reseñistas, los lectores, sobre todo los profesores de semiótica) no existiera. No hay nada peor que un escritor temeroso: está condenado a fracasar en su intento de complacer a todos, sobre todo a un supuesto editor que compraría su obra. No hay tal editor. Entonces, con más razón, "manos a la obra", que es lo único que hay.

3.Escribí sin esperanza de publicar. O, lo que es lo mismo, por "el goce absurdo" (como diría Clarice Lispector). Convencete de que nada más estás probando. De que sólo escribís para ver si en ese combate entre vos y la materia del lenguaje podés salir, aunque sea, airosa. O, porqué no, salir habiendo arrancado a esa materia algo vivo, palpable y solamente tuyo. Como los zapatos de Van Gogh. Eso ya es mucho. Eso ya es todo.

4.Desde el Quijote hasta hoy, la novela es la forma literaria que equivale a la libertad total. Sobre todo cuando todavía no ha pasado de ser un impulso, una fuerza, una toma de posición que te obliga a escribir. Hay que ser valiente y ambiciosa en ese momento, el de las ideas ("porque no soy del tamaño de mi estatura, sino del de lo que veo", diría Pessoa). Todo vale en la novela. Aprovechate de esa verdad  aunque después te des cuenta de que no es tal.

5. No le cuentes a nadie tu idea. Si es necesario, encerrate. No veas a tus amigos,  ni a tu familia ni a tu pareja. No vayas al psicoanalista, y ni se te ocurra asistir a un taller literario.  Mientras tu novela es una serie de imágenes inconexas, brillantes y vagas (y por eso perfectas) en tu inconsciente, corre el riesgo de morir en cualquier momento. No la trivialices en una conversación. Protegela. Sobre todo de vos misma.

6. La libertad total también puede ser paralizante. ¿Entonces, por dónde empezar a escribir una novela? Por más que te parezca demasiado modesto, el mejor punto de partida siempre es la historia. Cuando más clara tengas la tuya, más posibilidades hay de que lo que escribas termine siendo realmente una novela. Desde El Quijote hasta hoy, toda novela cuenta una historia, por pequeña, fantástica, realista o metadiscursiva que sea. Si no tenés una historia para contar y todavía sentís la necesidad de escribir, dedicate al periodismo o a la crítica, que son mejores opciones para quienes no tienen la ambición de narrar, una de las artes más difíciles que existen.

7. En la ficción, siempre, "algo le pasa a alguien". En muchos decálogos se lee que el cuento es pura trama mientras que la novela privilegia al personaje. Sin duda, una puede encontrar ejemplos de eso. Pero también de lo contrario. Creo que en el cuento, tanto como en la novela la historia que se cuenta sólo puede ocurrirle a ése personaje en particular y no a otro porque son sus reacciones y decisiones frente a los acontecimientos los que vale la pena narrar (y leer). Nada le pasa al "hombre común" o a un "génerico" de la humanidad. Ni siquiera en el espacio reducido del cuento. Hecha esa salvedad, la historia y el personaje tienen que estar en equilibrio en la novela: hay que tener cuidado de conocer bien a tus personajes al punto de no confundir sus decisiones y reflexiones con los tuyos.  (Más sobre esto: leé los textos de Flannery O' Connor o Edith Wharton sobre el arte de narrar).

8. Usá las palabras más comunes posibles: Cuando en un texto una palabra cotidiana está bien usada, brilla. Cuando te empeñás en poner palabras raras, caés en el cliché lamentable de creer que la erudición o lo rebuscado equivale a literatura. El desafío es lo opuesto: lograr que las palabras de todos los días,  ésas en las que rebajamos a la lengua a mero "medio de comunicación", se transformen en otra cosa.

9. Contra la eficacia y la solvencia. Son las dos trampas del marketing contemporáneo. Detrás de éstas acechan otras, como la idea de que cuanto "más despojada" la escritura es "mejor", o de que "hay que escribir sin adjetivos" (como ya dije en otra entrada, adjetivar es arriesgar, y si la literatura no es riesgo, no es nada). Cuidado con aplicar esa receta de despojamiento o podés terminar escribiendo como Julio Verne ("¡Qué estilo!" - parece que opinó Apollinaire del inventor de aventuras- "sólo sustantivos"). Más allá del chiste, hay reseñas en las que se dice que "tal escritor escribe bien", "es eficaz" o "solvente". En el mejor de los casos, esos calificativos contables son formas de decir que el escritor en cuestión no escribió una buena novela sino una apenas decente o, peor aún, eficaz (y, por ello, olvidable). Mejor escribir mal que escribir "eficientemente".

10. Escribir es entrar en una conversación: Es frecuente oír el consejo de que sólo hay que leer a los clásicos. Como asumo que ya los habrás leído, digo lo contrario: leé a tus contemporáneos, sobre todo a los de tu propio país y a todos los que escriben en tu lengua. No te engañes pensando que es un "acto de generosidad" (vos, que estás tan de vuelta que sólo leés europeos del Este).  Leerlos significa que vos también apostás a tener lectores. Lectores tan maravillosos como vos misma. Lo contrario sería no sólo ser hipócrita y ridícula, sino simplemente rechazar la oportunidad de participar en la conversación que más te incumbe: la que habla de vos, de tu tiempo, de tu lugar, y de tu sensibilidad. ¿Acaso hay mayor felicidad que la de ser dicha por otros? Cuando eso ocurre, ya es mucho. Cuando eso ocurre, es, en realidad, todo.

domingo, 31 de mayo de 2015

Un solo hombre *

Al tercer día, un niño golpeó a mi puerta. Tendría unos ocho años. Era negro. Vestía un traje marrón y una camisa blanca. Los botones del saco eran dorados y las mangas le ocultaban las manos, que había dejado colgando en línea con sus piernas, como si se estuviera preparando para marchar en un desfile.
–¿Usted cree que un solo hombre puede cambiar el mundo?
Miré hacia la calle de enfrente esperando descubrir al grupo de adultos que supervisaría su operación de salvataje de almas. Nadie.
–Un solo hombre. Uno solo –insistió levantando un índice que el frío de la mañana había vuelto morado.
Consideré la nieve acumulada durante esos días en los que ni siquiera había podido salir de la cama, el viento, los autos con los vidrios congelados, el olor a pan tostado que subía desde el café de la esquina. Consideré los hombres que iban a alguna parte a esa hora de la mañana, los cientos de platos de cereal que se estarían sirviendo en ese mismo instante, las parejas que todavía se abrazarían en sus camas.
–Depende –arriesgué.
El niño me miró. Quiero decir que sus pupilas se dilataron un poco, porque en realidad no había dejado de mirarme desde que yo abriera la puerta. Parecía haber recibido cuidadosas instrucciones sobre eso (la mirada es lo esencial, le habrían dicho). Aunque lo hacía con naturalidad. Sí, en realidad no había nada más natural que sus ojos fijos en los míos y no en mi suéter manchado de café, en la pila de vasos sobre la mesa a mis espaldas, en el buzón que rebalsaba de números de Science Today o en la mugre con la que las uñas de mis pies elegían enfrentar a la mañana.
–¿Depende de qué?
Sus manos habían vuelto a la posición inicial. ¿Por qué seguía pensando en un soldado al verlo? Era obvio que le temblaban los dientes por el frío, que se moría por meter las manos en el bolsillo, que el aire pasaba incómodo por su garganta, amarrada con un corbatín demasiado ajustado y de tela barata también color castaño. Debo reconocer que el conjunto producía el efecto buscado. No hay nada más deprimente que un traje marrón. (Marrón inspira confianza, le habrían dicho. Marrón es el color de los que se esfuerzan).
–Del hombre –dije–. Depende del hombre. Se puede decir que Hitler cambió al mundo, ¿no? También Flemming, a su modo.
Flemming era mi pequeña revancha, mi ajuste de cuentas con ella y (porqué no) con la biología (“Dios sabe qué vas a hacer de ahora en más con tu vida, pero ojalá que hagas algo, algo de verdad”, había dicho ella antes del portazo final). El niño parpadeó dos veces, como quien acaba de recibir un coscorrón. Vi cómo su cerebro trataba de procesar la respuesta. Entorné un poco más la puerta a mis espaldas, saboreando la victoria.
–¿Está tratando de decir que Hitler es una especie de héroe?
–No. Estoy tratando de decirte que no tengo dinero y que si lo tuviera no se lo daría a tu iglesia.
–No quiero dinero. ¿Parece que quiero dinero?-
–Todos queremos dinero –lamenté en seguida la facilidad el lugar común, pero también la disfruté: algo, como un ácido o un hallazgo acabó de liberarse en el fondo de mi estómago.
–Yo solamente quiero una respuesta.
–Ya te di una respuesta.
–Me refiero a una de verdad. A una respuesta honesta.
La puerta de la casa de enfrente se abrió y expelió un viejo todavía en pijamas, con un sobretodo azul y botas de goma hasta las rodillas. Llevaba una pala de metal con la que empezó a quitar la nieve de su vereda. De modo que eso es lo que hace la gente con la nieve, pensé, siguiendo los movimientos de la pala, su golpeteo triunfal sobre el cemento. No recordaba haber visto antes al hombre.Tampoco a la verja amarilla que rodeaba a su casa, a los conejos de piedra en el jardín o al cartel que unos metros más abajo, anunciaba un negocio de plomería.
El niño se balanceó un poco, o más bien cambió el peso de su cuerpo de una pierna a la otra. Pensé que iba a darse por vencido. O que al menos iba a meter las manos en los bolsillos. Pero no, ya estaba totalmente repuesto. Enderezó la espalda y tomó aire inflando exageradamente el pecho, de modo que, cuando finalmente habló, su voz brotó redoblada, con una fuerza casi coral. (La voz es lo más importante, le habrían dicho; debe ser firme pero suave a la vez; insistente sin ser invasiva. Sobre todo insistente. Como la de un pájaro sobre un árbol desnudo).
–¿Cree que un solo hombre puede cambiar al mundo, sí o no?
Ahora el viejo había dejado de palear y nos miraba. Consideré los hombres que ya estarían sentados frente a sus escritorios, los cientos de platos sucios que se estarían lavando en ese mismo instante, las miles de parejas que (oh, sí, estaba seguro) todavía se abrazaban en sus camas. Consideré todo esto. Y el invierno. Incluso la gente que limpia su vereda a primera hora de la mañana. Después, me di media vuelta, entré a la casa y cerré la puerta a mis espaldas.

(*) publicado originalmente en Iowa Literaria, abril de 2013; hoy es parte de mi último libro, una colección de cuentos que estoy terminando en estos días